¿Cómo nació el alfabeto? (XXV)

La letra Y

La y, vigésima octava letra del alfabeto español, tiene en nuestro idioma dos nombres: ye e i griega, aunque en realidad su origen es egipcio, bastante anterior, pues, a los griegos. Claro que esta incongruencia en su denominación no es solo propia del español, pues también el alemán y el francés, por ejemplo, la califican de griega, lo que no hace el inglés, donde recibe el nombre de uai. El apodo griega se lo pusieron los latinos, quienes la tomaron de los griegos para escribir palabras de origen heleno. La incorporación en el alfabeto imperial se produjo en el año 88 a. C., bajo el mandato del dictador Lucio Cornelio Sila.

En el alfabeto demótico de los egipcios, la y se trazaba mediante dos líneas oblicuas paralelas, mientras que en el hierático tenían un aspecto semejante al que presenta hoy. Los fenicios la llamaron wau, y los griegos, que la denominaron ipsilon, le dieron la forma que tiene actualmente.

Inicialmente, en español era indistinto escribir con i o con y, pero a partir del siglo xvi comienzan a aparecer defensores y detractores de una y otra. Entre los valedores de la i frente a la y se encuentran Nebrija y Juan de Valdés. Por su parte, el papel de la Academia a lo largo de su historia ha restringido el uso de y y ha favorecido el de i. En su primera edición de la Ortografía, del año 1741, la Academia admitía i e y para el sonido vocal, incluso a principio de palabra, e y para la conjunción, aunque en 1880 rectificó: descartó el uso de y inicial y la sustituyó por i; así, palabras como los nombres propios Isabel e Ignacio, que se podían escribir también Ysabel e Ygnacio, quedaron definitivamente como Isabel e Ignacio.

Pero fue en la edición de la Ortografía de 1815 cuando la Academia deslindó los oficios de i e y: sustituyó la y por la i en todos los casos de sonido vocal, en los sonidos de final de palabra y en la conjunción. La Institución de la Lengua quiso llegar más lejos y «estuvo en un tris de promulgar que el sonido vocal se representara siempre con i (incluso en los diptongos de fin de palabra), y el consonántico, con y. Pero, al parecer, cuando ya estaba a punto de aprobarse tal sustitución, uno de los académicos recordó a sus compañeros que si se adoptaba tal decisión sería preciso corregir la ortografía de la estampilla con que se firmaban los despachos y provisiones reales que reza Yo el Rey, y esta dificultad pareció insuperable a los señores académicos».

Esta anécdota se cuenta en la obra Reforma de la ortografía española, de Martínez de Sousa, quien hoy propone suprimirla en u uso como conjunción copulativa y en posición final y sustituirla por i (lo que llevaría, por ejemplo, a escribir, convoi, Antonio i Maribel), y reservarla exclusivamente para su función consonántica: yo, yeso.

Por otro lado, la y es la coprotagonista de un error llamado yeísmo que el Diccionario define como el defecto que consiste en pronunciar la letra elle como ye. En un lenguaje más técnico, la suplantación de la elle por la ye se puede expresar como el fenómeno que consiste en sustituir la consonante líquida lateral y palatal por la consonante fricativa palatal y central. Y es que mientras el sonido de la ye se produce quedando la punta de la lengua detrás de los incisivos inferiores, mientras su dorso se eleva al paladar, tocándolo por los lados y dejando por el centro una estrecha salida para el aire, en el caso de la elle el contacto del dorso de la lengua con el paladar deja solo estrechos canales a los lados para la salida del aire.

El yeísmo, una particularidad fonética muy generalizada en el sur de España y bastante antigua –existen testimonios en el siglo xvi–, se está extendiendo de tal modo que algunos especialistas, como José Polo, autor de Ortografía y ciencia del lenguaje, se muestran partidarios de oficializarlo, pues la reforma «tendrá que llegar (y no muy tarde)».

Finalmente, en relación con la filosofía, es preciso decir que los antiguos llamaron a la y «letra de Pitágoras» o «árbol de Samos», el nombre de la isla donde nació el pensador y matemático griego. El motivo reside en que en la forma de esta letra veían representada la doctrina de Pitágoras, que se puede resumir así: al principio, todos los hombres siguen el mismo camino, pero al llegar a un determinado lugar donde este se bifurca, unos siguen hacia la derecha, una senda áspera y escarpada que conduce hacia la virtud y la sabiduría; otros, por el contrario, continúan hacia la izquierda, una vereda lisa y llena de flores, pero que lleva al abismo de los vicios.

Javier Elduayen

Historia de la letra y

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *