¿Cómo nació el alfabeto? (XXI)

La letra T

Esta letra tiene su raíz en un signo de la escritura egipcia que representaba un esquife (barco pequeño) bordeado por una línea de puntos, al lado de una hoja seca que poco a poco fue evolucionando hasta adquirir una forma semejante a nuestra actual x. Más tarde, cuando crearon el alfabeto, los fenicios la dibujaron de dos modos, con forma de aspa (x) o de cruz (+), y así fue también como la escribieron inicialmente los griegos. Con el paso del tiempo, la simplificaron y le dieron la forma que tiene hoy, que llegó a nosotros a través, primero, de los etruscos y, después, de los romanos.

Como letra numeral, la tau hebrea (la t) equivalía a 400, y la griega, a 300; entre los romanos, la t valía por 150 y, durante la Edad Media, por 160 y por 160 000 cuando iba acompañada de una tilde. Pero esta letra tuvo además otro peculiar valor, el que se le concedió en la antigua Roma, donde la t que aparece en los escritos que contenían los decretos del Senado significaba el consentimiento o la aprobación de los tributos.

En nuestro idioma, la letra t representa un fonema dental oclusivo sordo, de cuya articulación Navarro Tomás hace una minuciosa descripción en su Manual de pronunciación española: «Abertura de los labios según la vocal siguiente; las mandíbulas se entreabren unos 2 milímetros, no llegando a ser visible su abertura entre los incisivos a causa del encaje de los dientes inferiores detrás de los superiores; la punta de la lengua se apoya contra la cara interior de los incisivos superiores, formando con ellos una oclusión completa; el contacto de estos órganos empieza en el borde mismo de los incisivos, de tal modo que, como las mandíbulas están juntas, la punta de la lengua toca también por su parte inferior el borde de los dientes de abajo; después, el contacto de la lengua se extiende, más o menos hacia arriba, por las encías y los alvéolos, según la fuerza de la pronunciación; los lados de la lengua, apoyándose a su vez a ambos costados de la boca contra los molares superiores, cierran la salida lateral del aire espirado; velo del paladar, cerrado; glotis, muda; tensión muscular, media».

Aunque tradicionalmente la t se ha asociado con los problemas de pronunciación –tartamudez–, lo cierto es que es un signo que, en nuestro idioma, apenas presenta dificultades. Esto se debe, por una parte, al proceso histórico de su depreciación como letra –en beneficio muchas veces de la d–, que le ha llevado de tener en el latín una frecuencia de uso cercana al 9, hasta al 4,82 de frecuencia que tiene hoy en el español, según recogen Gregorio Salvador y Juan R. Lodares en su Historia de las letras.

Otra de las causas es la progresiva simplificación del idioma realizada históricamente por la Academia, que ha ido eliminando la complejidad que hoy presentan otras lenguas, como son las grafías tt y th. En el año 1726 la institución académica suprimió el primer dígrafo, y en 1779, el segundo, utilizado en palabras de origen griego, como throno, thesis y thesoro, entre otras, que pasaron a escribirse trono, tesis y tesoro.

Entre los asuntos pendientes que conciernen a esta letra podemos mencionar la falta de un criterio unificado en la escritura de algunas palabras, generalmente procedentes del francés, en las que ocupa una posición final. Así, mientras en el Libro de estilo de El País se recomienda el uso de carné y carnés, pero pueden utilizarse también carnet y carnets, no se acepta la voz chaquet, sino chaqué y su plural chaqués. Otros ejemplos de la ausencia de un criterio unificado los podemos encontrar en Manuel Seco, que en su Diccionario de dudas dice que son acaptables las voces carné y carnet, y en la Academia, que en su Diccionario solo registra la palabra carné.

Formalmente, la t ha estado vinculada desde siempre a la religión. Esta asociación se inició con los egipcios, cuya ankh –cruz ansata– simbolizaba la fecundación de la Tierra por el Sol y la vida. Según el cristianismo, tau es el signo que el ángel del Apocalipsis marca en la frente de los predestinados. Entre los primitivos cristianos, la tau simbolizaba la pasión de Jesucristo, pero también su victoria y la redención de los creyentes. Los especialistas creen que esto se debe a que, en realidad, Jesucristo fue crucificado en el llamado patíbulo romano, que tenía forma de tau, como apuntan las evidencias arqueológicas. Este patíbulo era como una T mayúscula, es decir, el palo vertical no sobresalía por encima del horizontal. El motivo de que iconografía que ha prevalecido sea la de una cruz latina se debe a que en la parte superior de la tau se clavaba una placa con el delito atribuido al reo. En el caso de Jesucristo, la placa llevaba la inscripción INRI, acróstico de «Jesús nazareno, rey de los judíos», y este pequeño letrero confería al patíbulo la forma de puñal o cruz latina.

Javier Elduayen

Historia de la letra t

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