¿Cómo nació el alfabeto? (XX)

La letra S

En un ideograma de la escritura egipcia que mostraba unos lotos emergiendo de un lago, se encuentra el origen de la s, vigésima segunda letra del alfabeto español. Los fenicios, después, simplificaron este signo –le dieron una forma semejante a la w– y lo llamaron samek.

A su vez, cuando adoptaron el alfabeto fenicio, los griegos pusieron a esta letra el nombre de sigma y la giraron 90 grados hacia la izquierda: fue así como adquirió una forma parecida al número 3, aunque con el paso del tiempo perdió la primitiva angulosidad y se hizo más redondeada. Los etruscos, que la escribían invirtiéndola hacia la derecha, la hicieron bastante parecida a la s que usamos hoy, aunque fueron los romanos quienes le dieron su aspecto definitivo.

Fonéticamente, en español la s es un signo alveolar fricativo sordo, aunque también hay una s sonora: la que se presenta al final de una sílaba precediendo a otra consonante sonora, como se encuentra por ejemplo en las palabras esbelto, mismo y asno.

En primer lugar, su condición de alveolar quiere decir que, al pronunciarla, la punta de la lengua se pone en contacto con la parte del hueso maxilar superior en donde están engastados los dientes, es decir, los alvéolos. Pero, además, la s es fricativa porque su emisión conlleva un estrechamiento del canal bucal que produce una fricción o silbido al paso del aire.

En español, la pronunciación de la s es bastante particular. Hasta tal punto que, en su Manual de pronunciación española, donde hace una minuciosa descripción de cómo se articula esta letra, Navarro Tomás distingue entre lo que él llama s española y s corriente. Según él, el timbre de una y otra es distinto: el de la s española es más palatal y grave que el de la s que él denomina corriente.

Pero el particularismo del fonema /s/ no ha creado únicamente distinciones entre hispanohablantes y no hispanohablantes, pues en nuestro propio país la s presenta notables variantes según las diferentes zonas geográficas: por ejemplo, Navarro Tomás habla de una s andaluza, una s norteña o una s española normal.

Mención aparte merecen el seseo y el ceceo, dos fenómenos de sustitución en los que está implicado este fonema. El primero consiste en dar a la z y a la c el mismo sonido silbante que a la s; el segundo, en darle a la s un sonido fricativo parecido al de la z.

Y, a decir verdad, algo endiablada debe ser esta letra, porque las dificultades de la s no se limitan solamente al español: en francés, por ejemplo, existen dos defectos de pronunciación muy parecidos, llamados blèsement y zézaiement, que en parte corresponden con el seseo y el ceceo, respectivamente.

Por otro lado, igual que ocurre hoy en algunos idiomas, antiguamente la pronunciación española distinguía con claridad entre s sorda y s sonora, hasta el punto de que la variación se representaba gráficamente: ss para la sorda y s para la sonora. Pero las diferencias fueron desapareciendo paulatinamente y, en el año 1763, la Academia decidió suprimir de forma definitiva la grafía ss.

Asimismo, durante un tiempo existió en español otra grafía, hoy desaparecida, para representar el fonema /ſ/: la llamada s larga, que se empezó a usar en tiempos del reinado de Alfonso X el Sabio (siglo xiii) en posición inicial e interior, mientras que la s se empleaba en final de palabra y como inicial.

Además de su uso como fonema y de su propiedad para indicar el plural en varios idiomas –español, inglés, francés y portugués–, el signo s tiene y ha tenido otras utilidades: así, mientras en el pentagrama musical su presencia significa solo –es dedir, la actuación exclusiva de una voz o de un instrumento–, para los romanos la s equivalía a 90, y a 90 000 cuando iba acompañada de una tilde. A su vez, como letra numeral indicaba semi, la mitad, de modo que 50 podía representarse como L y también como Cs.

Una curiosidad en torno a esta letra es su presencia en el emblema del dólar estadounidense. Según cuentan Gregorio Salvador y Juan R. Lodares en el libro Historia de las letras, esta representación tiene un origen español: se debe precisamente a la estilización del escudo de España, con sus dos columnas de Hércules y la cinta que las cruza en la que se puede leer: «Non plus ultra». Su origen se remonta a los tiempos en los que la emisión de la moneda americana dependía del Tesoro español.

Finalmente, una propuesta para todos los internautas: pueden dirigirse a www.arrakis.es/~modia/ [momentáneamente fuera de servicio], escrito por Juan Carlos Martínez Modia. En él, las letras s se expresan así: «Esa belleza curvilínea que poseemos nos la censuran desde el nacimiento con vocales colaterales, Seríamos demasiado excitantes para el resto, y eso es algo que no pueden consentir. No quieren que seamos líquidas, porque nos filtraríamos por el poroso y frágil mundo que han construido». La idea es original, y la visita cibernética, provechosa y entretenida.

Javier Elduayen

Historia de la letra s

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