¿Cómo nació el alfabeto? (XVII)

La letra P

La p, decimonovena letra del alfabeto español y decimoquinta de sus consonantes, procede de un dibujo jeroglífico egipcio que representaba una boca abierta. Precisamente por eso, los fenicios la llamaron pe, palabra semítica que quiere decir «boca». Cuando los griegos conocieron el alfabeto fenicio, adoptaron el signo, pero le cambiaron el nombre: lo denominaron pi. Además, el hecho de que los helenos escribieran de izquierda a derecha, al revés que los fenicios, produjo con el tiempo otra modificación: que la letra perdiera su primitiva forma de cayado y adquiriera la que tiene actualmente, que se terminó de configurar con las escrituras capital y uncial de los romanos.

Más tarde, en el tiempo que va desde la aparición de la imprenta hasta el siglo xviii, e igual que hicieron con otros signos, los tipógrafos crearon varias versiones de la p para representar las abreviaturas de las sílabas en las que intervenía esta letra. Así, según la forma que tuviera, podría equivaler a las sílabas pro, pre, par, por, etcétera.

La p representa un sonido bilabial oclusivo sordo, lo que quiere decir que, al articularla, se produce una oclusión de ambos labios; que su pronunciación se resuelve en una explosión, y que hay una ausencia de vibraciones glóticas. Esto último es lo que la hace opuesta a la b, que es sonora, aunque, curiosamente, esta diferencia no es perceptible para los árabes, a quienes les resulta muy difícil distinguir entre b y p.

En su Manual de pronunciación española, Tomás Navarro describe así la emisión de este fonema: «Articulación: labios cerrados; abertura de las mandíbulas: unos cinco milímetros; la lengua, durante la oclusión de los labios, toma la posición de la articulación siguiente; velo del paladar: cerrado; tensión: media; glotis: muda».

Además de representar el fonema /p/, esta letra ha tenido otros usos. Los profesores de los colegios y academias renacentistas, que fueron las primeras universidades, la ponían al pie de las composiciones o ejercicios literarios de los alumnos para designar la voz placet (satisface o gusta).

Entre los romanos, la p equivalía a 400, y a 400 000 cuando llevaba una raya encima. Por su parte, para los griegos la letra pi con un acento a la derecha equivalía a 80, y a 80 000 cuando el acento estaba a la izquierda; después le dieron el valor de cinco por ser la letra inicial de pente, que significa «cinco«.

El dígrafo ph, que hasta el siglo xix se hallaba presente en palabras de raíz grecolatina o hebrea, como por ejemplo philosophía y phantasía, tiene su origen en la letra griega phi, que los romanos solían pronunciar como una f latina. Durante la Edad Media, el uso de ph estaba en decadencia, pero en la época renacentista, marcada por el deseo de beber en las fuentes de la antigüedad clásica, adquirió de nuevo importancia. Aunque fueron muchos quieres, esgrimiendo argumentos etimológicos, lo defendieron, en el siglo xviii se inició de nuevo su declive: poco a poco, el dígrafo ph fue desapareciendo en distintas palabras y, finalmente, en el año 1803, la Academia de la Lengua le dio el golpe de gracia al suprimirlo de forma definitiva.

Al igual que lo ocurrido con ph, otras combinaciones de la p con distintas letras, como con la s, la t y la n, que en un tiempo fueron características de nuestro idioma, han tenido una suerte parecida. Y es que el español presenta una tendencia histórica a la simplificación que demuestra sacrificando esas asociaciones. Por ejemplo, las palabras psalmo y pneumonía quedaron como salmo y neumonía. Aún se conservan otras, como psicología, psiquiatra, etc., pero en ellas la p no e pronuncia. Incluso, es frecuente la omisión de esta letra en el grupo pc como sucede en los términos transcripción y suscripción, donde, según Navarro Tomás, esta letra solo se oye en la pronunciación afectada y ceremoniosa. Por este mismo motivo, ortográficamene es tan correcto septiembre como setiembre.

Finalmente, en el terreno ideológico, la letra p ha tenido como valedores tanto a progresistas como a conservadores. Así, por ejemplo, la burguesía alemana del siglo pasado adoptó como suyo el clásico lema latino: «Cuatro pes debemos respetar: las de patria, preceptor, padre y pretor». Frente a ellos se erigió el liberal berlinés Gustav Roethe (1859-1926), que llamaba la atención, en alemán, sobre otras tres pes: parlamento, prensa y pueblo.

Javier Elduayen

Historia de la letra p

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