¿Cómo nació el alfabeto? (XIX)

La letra R

Vigésima primera letra del alfabeto español, la r tiene su origen en la escritura jeroglífica egipcia, donde era una cabeza humana vista de perfil. Cuando confeccionaron su alfabeto, los fenicios la llamaron res, palabra que quiere decir «cabeza». Al representarla, simplificaron el signo egipcio y le dieron una forma que recuerda a la actual p, aunque escrita al revés, es decir, orientada hacia la izquierda.

Los griegos, igual que hicieron con las demás letras, la giraron hacia la derecha, y fue así como la adoptaron inicialmente los latinos. Pero como su forma les creaba un problema, pues disponían de dos signos semejantes para representar dos sonidos distintos –r y p– entre los siglos vi y iii a. C. los romanos le añadieron una «pierna». Desde entonces, su forma ha permanecido más o menos invariable.

Fonéticamente, la r puede ser alveolar vibrante simple o alveolar vibrante múltiple, como se presenta por ejemplo en la palabras caro y carro, respectivamente. En su Manual de pronunciación española, Navarro Tomás desglosa las diferencias entre una y otra: mientras r consta de una sola vibración, rr tiene dos o más; r es momentánea, y rr , continua o prolongable; en r la lengua se mueve de fuera a dentro, pero en rr la punta de la lengua es empujada repetidamente de dentro a fuera; finalmente, la tensión muscular es mucho mayor en rr que en r.

Según el Diccionario de la Real Academia, la r se puede llamar ere, en su sonido simple, y erre, en su sonido múltiple. Aunque esto no crea sino confusión, como puede verse en la palabra rey, que empieza con erre pero se escribe con ere. También en las palabras roto y carro, en las que el mismo sonido múltiple tiene grafías distintas.

La representación del sonido simple nunca ha planteado problemas, pero no ha ocurrido lo mismo con el múltiple. En los comienzos de la escritura castellana, no había un criterio unificado y r y rr alternaban a principio de palabra o en posición interior: podemos ver escrito rey y rrey, honra y honrra. Nebrija suprimió la rr a principio de palabra y después de n, pero después de él fueron muchos los que mantuvieron la grafía rr para el fonema múltiple, ya fuera a principio o en interior de la palabra. En el siglo xviii, la Academia estableció su criterio, que concordaba con el de Nebrija y rechazaba otras soluciones, como la de quienes proponían crear una nueva letra para el sonido múltiple.

En realidad, el primero en llevar a la práctica esta idea había sido Mateo Alemán, que en 1609 representaba la erre mediante un tipo antiguo de r gótica parecido al número 2. Pero después de él hubo también otras propuestas, como la de quienes sugirieron escribirla mediante una r versalita; es decir, una mayúscula con el mismo tamaño que la minúscula, r: las palabras carro y romero, por ejemplo, se escribirían caro y romero. En el año 1839, Mariano de Rementería propuso otra solución: añadir a la r un punto suprascrito cuando el sonido fuera simple (caṙo y áṙabe, por caro y árabe) y representar el múltiple con una sola r (aroz por arroz). Hoy día, José Martínez de Sousa, en su Reforma de la ortografía española (1991), apunta el recurso de agregar ala r un acento circunflejo o un macron cuando el sonido sea múltiple; así, las palabras rosa y arroz se escribirían r̂osa o r̄osa, ar̂oz o ar̄oz.

En el lenguaje hablado, la frecuencia con que se presenta la r, que en español es la tercera consonante más usada, tras la s y la n, exige un buen cuidado en su emisión para evitar el rotacismo, que consiste en la pronunciación incorrecta de esta letra de acuerdo a la fonética. Este fenómeno desfigura mucho el hablar y sobre todo a los extranjeros les crea numerosos problemas, pues confunden las palabras perro y pero, carro y caro, cero y cerro, etcétera.

Para Platón, la r representaba el movimiento, porque al pronunciarla «la lengua no se detiene en absoluto, sino que se agita muchísimo». Por su parte, Aulo Persio Flaco (34-62), atendiendo al áspero sonido de la r, que le recordaba al que hacen los perros cuando gruñes, la llamó «letra canina». Ramón Gómez de la Serna, aunando la consideración del filósofo griego y la del poeta latino, representó mediante la greguería RRRRRRRRRR un regimiento en marcha.

Finalmente, como curiosidad, señalemos la asociación que, durante los años de la última dictadura, se produjo entre la censura cinematrográfica española y la letra r. En la llamada «clasificación moral de las películas», los filmes considerados 3R estaban indicados para mayores de 18 años con reparos. Su visión, pues, no implicaba el riesgo que entrañaban los calificados con un 4, que eran gravemente peligrosos. Aunque también es cierto que, en muchos casos, estas grafías y dígitos tenían el efecto de la atracción de lo prohibido y, lejos de sentirse cohibidos por el temor, eran más los espectadores que acudían a ver las películas «peligrosas». Quizá porque, como dijo Oscar Wilde, «la mejor manera de vencer una tentación es caer en ella».

Javier Elduayen

Historia de la letra r

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